Roberto Orallo · Pintor y docente

Los pintores somos muy vampiros”

Alejado de la docencia desde hace doce años tras cuatro décadas de ejercicio, asegura que aún añora el contacto con sus alumnos, pero que en ningún caso piensa jubilarse de la pintura. Feliz y orgulloso de dar nombre a una Escuela de Arte, sostiene que sus cuadros no tienen pérdida y que la exposición que más ilusión le ha hecho ha sido la que dedicó a Pepe Hierro en 1986. De buena memoria, repasa su vida y su obra y habla con cariño de los que “me han fallado”, en alusión a los amigos fallecidos. Dice que siempre pinta de tarde, que nunca lo hace apoyado sobre caballetes y que le gustan los tonos azules y violáceos. Tío del cocinero Óscar Calleja, afirma que no le dejan cocinar porque lo pone todo perdido y reconoce ser de buen comer, aunque admite que ahora se ha vuelto más exquisito.

Pregunta.– Pintor y mentor de vocaciones artísticas. ¿Con qué se queda?

Respuesta.– Creo que pertenezco a ambos mundos. Del lado de la enseñanza, conseguí crear el Bachillerato de Artes en el IES Santa Clara a finales de los años 70, uno de los primeros cinco centros de España. Treinta años después, han dado mi nombre a una Escuela de Arte en Puente de San Miguel. Ahora, llevo doce años jubilado y echo de menos no tener contacto con el alumnado. Del otro lado, siempre me ha gustado dibujar. Prometí a mi padre que si me dedicaba a las bellas artes lo iba a hacer en serio. Por eso, me puse un horario. Aunque soy un personaje libre y un tanto ácrata, me comprometí a dar clase por la mañana y a pintar o a coger apuntes por la tarde. Y eso lo llevo a rajatabla.

P.– ¿De qué hablamos cuando hablamos de pintura?

R.– Es una manifestación interior que se alimenta de todo el entorno. De ahí, los cambios que han ocurrido desde la prehistoria. Nos manifestamos conforme esa la sociedad nos comunica cosas. A los artistas nos afecta mucho el diálogo con las personas.  Por eso digo que nos alimentados de ustedes

P.– Asegura que sus pinceladas son una amalgama de surrealismo metafísico, cubismo y expresionismo. ¿Es fácil distinguir un Orallo?

R.– Yo creo que sí. Es único. No tiene pérdida. De hecho, creo que ya hay un término para definir mi estilo: el arte orallano. En la educación, yo veía que la pintura siempre se acababa en tiempos de Goya. Y que meterse en la historia de los siglos XIX y XX costaba mucho. Con los alumnos, a mí me gustaba hacer un estudio del impresionismo hasta nuestros días. El cubismo fue para mí un hallazgo para poder romper con la teoría renacentista de la perspectiva oblicua. Permitía al artista tener el ojo en varios lugares a la vez. Después llega el surrealismo, que me alimenta para poder dibujar los sueños; el construccionismo con la Escuela de la Bauhaus, que es increíble y que he utilizado bastante en mis formas de estructura; el expresionismo. Que da rienda suelta a la pincelada. He chupado de todos los movimientos.

P.– Antonio López reconoce que los años de aprendizaje fueron una de las cosas más bonitas de su vida. ¿También para usted?

R.– Creo que yo fui más libre que el profesorado que tuve en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, en Valencia. Elegí esta escuela porque mi preparador, José Cataluña, que era valenciano, me dijo que para conocer el color tenía que ir al Levante. Era un lugar icónico para el resto de estudiantes universitarios. Había un ambiente de efervescencia. Para mí fue una etapa muy interesante y enriquecedora. Me impliqué mucho, tanto a nivel técnico como humano.

Roberto Orallo · Pintor Y Docente

“El cuadro que más me ha influido es El jardín de las delicias, de El Bosco. Lo contemplaba una y otra vez en el Prado”

P.– Renoir decía que la pintura se aprende en los museos. Usted, ¿qué dice?

R.– Bueno. Cuando viajaba a Valencia, cogía el tren hasta Madrid, donde llegaba a primera hora de la mañana, y de ahí tomaba un autobús que partía a las dos de la tarde. Tenía, por tanto, toda la mañana libre. Y como el Museo del Prado abría a las 10, un día me dio por ir. Y lo tomé casi como una obligación. Lo conozco de memoria. De pronto, un día me encuentro con El jardín de las delicias, de El Bosco. Lo visité una y otra vez. Cada día me metía más en él y lo entendía más y mejor. Correspondía con la sociedad en la que vivimos. Ha sido tan fuerte su influencia que, después de muchos años, le hice un homenaje: Metamorfosis, un recreo sobre la obra de este pintor que está expuesto en la entrada del Santa Clara.

P.– Cuando pinta, ¿qué manda más, el cerebro, el ojo o a la mano que ejecuta la técnica?

R.– Pinto con el cerebro. Creo que le pasa a todos los creativos: hay un momento en el que parece que te vas de este mundo, que no existes, que te quedas sin peso. Y que hay alguien que te mueve la mano. Cuando tengo una idea, lo primero que hago es escribirla y, cuando ya la tengo definida, empiezo a diseñar los bocetos. Hay que dejarse llevar, pero tengo un respeto absoluto al dibujo, al color y después a la pincelada, a la técnica.

P.– Dígame, ¿cómo es vivir del arte?

R.– Lo tuve muy claro desde el principio. Cuando terminé los estudios, no se vendía un cuadro. Empecé a trabajar en una tienda de decorados en la que hacía reproducciones. Me pagaba bien, pero eso de reproducir no me llenaba. Entonces me propongo dar clases porque en aquella época era facilísimo trabajar. Y elegí Pamplona. A los cinco saqué las oposiciones y pedí el Santa Clara, donde había estudiado desde Ingreso hasta Preu (curso preuniversitario). Veía que los artistas malvivían, que había pocas galerías y que cada uno vendía lo que podía. Creo que acerté al elegir la enseñanza.

P.– Muchos artistas aseguran que no serían capaces de crear sin emoción. Otros, en cambio, sostienen que para llevar a buen puerto su proceso creativo tiran de humildad y disciplina. ¿A qué se apunta?

R.– Es una mezcla de todo. Si no te emocionas, no puedes crear. Pero también hay que tener disciplina y ejercitar el espíritu. Todo se mezcla y de ahí sale el alma del artista.

Roberto Orallo · Pintor Y Docente

“Pinto con el cerebro. Creo que le pasa a todos los creativos: hay un momento en el que parece que te vas de este mundo, que no existes, que te quedas sin peso. Y que hay alguien que te mueve la mano”

P.– ¿Presta atención a la interpretación que hace el público de sus pinturas?

R.– Depende. Tienes que conocer bien al personaje que habla sobre ti. Generalmente, la gente dice que sí, que le gusta, pero te deja un tanto indiferente. Te gusta que opinen Si no, encuentras la soledad. Somos en este sentido algo narcisistas. Pero creo que hay gente que va más por las modas que por el arte en sí del artista. Las modas están influyendo mucho. Ahora, por ejemplo, todo el diseño gráfico está haciendo olvidar a los jóvenes lo que es el arte manual, trabajar con la arcilla, el plástico, los pinceles…

P.– ¿Qué consejo repite más?

R.– El principal, leer. La lectura es una de las bases fundamentales para encontrar caminos en la vida.

P.– David Hockney pinta con una tableta electrónica. ¿Le suscita curiosidad?

R.– A mí, no. Siempre recomiendo a mis alumnos que tienen que pasar una etapa de su vida experimentando con las técnicas clásicas: carbón, óleo, témperas, ceras, pastel, aguadas… Utilizarlo, sí, porque la tecnología agiliza mucho todos los procesos y nos evita el papel, pero sin perder de vista las clásicas.

P.– Hay muchos premios en la vida. ¿Cuál es el que más ilusión le ha hecho?

R.– De los que más grato recuerdo guardo es el de la Torre del Rhin, porque fue un concurso de murales convocado por el Ayuntamiento en el que participamos varios artistas de España. Se eligió por votación popular y gané por bastante diferencia. Fue en el verano de 1988 y me dieron 500.000 pesetas (3.000 euros) que en aquel entonces era mucho dinero y me vino muy bien.

P.– Juan Genovés dejó dicho: “Todo lo que he visto lo he pintado, porque era mi manera de decirlo cuando no sabía expresarme bien”. ¿Ha pintado tanto como ha visto?

R.– Le digo que no, definitivamente no. Porque pienso que tienes que exprimir la vida hasta el último suspiro. Y que cada día, o al menos cada cierto tiempo, tienes cosas que decir. Además, el mundo cambia, la sociedad cambia. Es un maximalismo, pero en parte tiene razón. Los pintores somos muy vampiros. Chupamos de todos los lados y vamos a la esencia de las cosas. Creo que el artista tiene que ser muy libre. La libertad es la máxima del artista. Yo lo he sido, aunque siempre te quedas corto.

“Me preocupa la inteligencia artificial. Creo va a cambiar mucho el concepto del ser humano. De hecho, lo está cambiando ya”

P.– Usted, ¿con qué se queda a cuadros?

R.– Con el futuro que viene. Me preocupa la inteligencia artificial. Creo va a cambiar mucho el concepto del ser humano. De hecho, lo está cambiando ya. Me encuentro un poco fuera de juego.

P.– ¿Quién no es tan fiero como lo pintan?

R.– Pues fíjese. Creo que Pablo Picasso, por ejemplo. Porque su vida no se corresponde con su arte. Era un poco depredador, sobre todo con las mujeres. Hoy en día no podría serlo. Su pintura era absolutamente genial por su frescura y decisión, pero era muy poco feminista y hoy no encajaría muy bien.

Un poco más

  • Desayuno, comida o cena
  • Disfruto del desayuno
  • Un aperitivo
  • Un blanco de Rueda o Albariño
  • De cuchara
  • Cualquier cocido. Me gusta el cocido montañés
  • De tenedor
  • El cordero lechal
  • Un postre
  • La tarta de la abuela
  • Un lugar para comer
  • Donde más he disfrutado es en El Riojano, en la época de Víctor Merino.